Bullying provocado | Veracruzanos.info

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5 junio, 2014 | Por Lilia Arellano

“El espíritu infantil no es un vaso que tengamos que llenar, sino un hogar que debemos calentar”: Plutarco

•Violencia infantil surge en los hogares

•Absurdo responsabilizar a los planteles

•Videojuegos de guerra, entre causantes

•Avanza “terrorismo” fiscal a ciudadanos

•Repsol, Pemex y el dinero que ocultan

Emilio Chuayfett, secretario de Educación

Junio 4, 2014.- Lo que se observa en nuestro entorno cada día resulta mucho más desagradable y no solo en los renglones a los que vamos acostumbrándonos, sino en los que nos hablan de un futuro muchísimo más difícil de controlar y en el que la presencia de la violencia se presiente en grados superiores a los actuales. Se ha recibido una serie de opiniones sobre el bullying, acciones en las que los niños y los adolescentes son protagonistas unos y víctimas otros. Emilio Chuayffet hizo unas declaraciones en las que, por primera vez desde que lo conozco y de esto hace décadas, estoy de acuerdo. El bullying no está en las escuelas sino en los hogares. Es en los planteles en donde repercute, en donde se hace visible la práctica, pero no es ahí en donde se origina.

Atolondrados como están los legisladores y los líderes de los partidos políticos no atinan sino a castigar, a la aplicación de penalizaciones, a elaborar decretos que en nada van a erradicar estas agresiones. Amonestaciones públicas a los padres y la pérdida de registro oficial de las escuelas –me supongo que se refieren a las privadas-, es lo que recibirían quienes permitan el bullying o no atiendan los signos de violencia de los menores. Presentarán una iniciativa llamada Ley General para la Prevención y Atención de la Violencia y el Acoso Escolar. Esto como resultado de la información de la CNDH en donde se revela que en los últimos 14 años las quejas por agresiones entre escolares aumentaron un 900 por ciento.

Según Luis García López Guerrero primer visitador de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en el principio del Siglo se recibían 100 quejas por violencia en el entorno escolar. En la actualidad tienen registradas más de mil. En las redes sociales se ha desencadenado en tal magnitud que ha provocado suicidios infantiles. Estudios de la UNAM revelan que entre el 60 y 70 por ciento de los alumnos de nivel básico han sufrido algún tipo de agresión lo cual se traduce en que de los 25 millones de estudiantes en este nivel, 18.7 millones han sido por lo menos testigos, cuando no víctimas. De ahí que se sugiriera que se coloquen buzones en los planteles para que se tengan registros reales de este tipo de acciones y pueda aplicarse la ley que pretenden.

Los de la organización Mexicanos Primero califican de meros “curitas” los planteamientos de la SEP para tratar de solucionar este problema: “es una respuesta claramente insuficiente y poco efectiva, pues se trata de recomendaciones que cualquiera puede hacer, cuando se espera una estrategia más sólida de una Secretaría de Estado, porque se requiere de recursos, programas, equipos técnicos y metas”. Advierten que todo debe comenzar desde la etapa preescolar”. Las diferentes agrupaciones de padres de familia también han manifestado su preocupación por lo que sucede en los planteles, por las agresiones de las que son víctimas los menores y por la actitud que asumen maestros y directivos en este renglón.

Solo que, si le damos un repaso a la niñez de quienes tenemos 50 o más años, nos encontraremos en que esto que llaman “bullying”, y que están pensando que debe castigarse hasta con prisión, antes era crueldad infantil y no provocaba tantos temores y muchos menos suicidios. En la primaria –el kínder era lo que hoy llaman preescolar y solo era de un año-, a quienes usaban lentes se les llamaba “cuatro lámparas”, sin importar si era niño o niña; al gordo, era “el gordo” o “el seboso” o “el barrigas”; quien tenían algún problema en el andar, sin el menor reparo se le gritaba “cojo”; los que portaban lentes con vidrios muchos más gruesos se les apodaba “el ceguetas”; las agresiones no pasaban de pegar chicles en el pelo, esconder los zapatos, hacer perdidizo un libro o cuaderno o dejarlo sin lápiz. Agresiones físicas no existían en el aterrador número del presente, eran empujones, uno que otro golpe y eso por alcanzar primero que otros el grifo del agua, del bebedero puesto para todos los alumnos.

Y no es que este tipo de agresiones, porque finalmente también lo son, fueran mejores que las del presente, sino que hay que ir al fondo, al que debe revelar las causas por las cuales los niños y los jóvenes mantienen estas actitudes. En esos tiempos no había videojuegos, los que tienen en su haber las más aberrantes acciones de violencia, se atacan con armas, se descuartizan, les vuelan las cabezas y gana el que más mata. Se tenían programas en la televisión como el de Pepita Gomíz, o el del Tío Gamboín, o el de Chavelo, los cuentos de Cachirulo. Las lecturas eran las de editorial Novaro, con los personajes de Disney o Memín Pinguin, o Chanoc. En el recreo salían a relucir trompos, matatenas, pelotas, se pintaban aviones en el piso para las competencias, dibujaban los chamacos carreteras en las banquetas y ahí hacían transitar, de uñitas, pequeños carros que ni eran de control remoto ni usaban pilas.

Los noticieros en la televisión y las páginas de los diarios no daban cuenta de hechos de violencia; Alarma, era el nombre del semanal que daba cuenta de crímenes y si bien tenía un tiraje que se distribuía a nivel nacional superior al millón 200 mil ejemplares, no aparecía en la preferencia de las familias, se leía en las áreas de trabajo y así pasaba de mano en mano causando, la mayoría de las ocasiones, terror. Niños y jóvenes jugábamos en las calles, esas áreas eran nuestras para andar en bicicleta, para el patín del diablo, para jugar “coladeritas” –futbol que tenía como portería las coladeras en cada extremo de las banquetas-, el “bolillo”, que consistía en darle punta a los extremos de un palo, depositarlo sobre un hueco y pegar para que saltara e hiciera las veces de pelota de beisbol.

En los lugares concurridos, en los mercados, en los cines, la recomendación paternal señalaba que si uno se perdía o si se acercaba otro adulto a pretender llevarte o regalarte algo a cambio de que lo acompañaras, había que gritarle al policía; o sea que había confianza en los uniformados. Por lo tanto los criminales y delincuentes de esa época no se han caracterizado por descuartizar, por quemar, por hacer pozoles. El entorno infantil ha cambiado y eso no está en las aulas, está en las casas, en los hogares, en las programaciones de televisión, en la aceptación de adquirir para los chamacos lo último en violencia. Del atractivo que para muchas mujeres tenían las telenovelas, se ha pasado a las series de narcos y narcas, en donde se hace una apología completa de sus acciones y se provocan envidias ante el lujo y dispendio que los rodea.

¿Será que con leyes, con decretos, con presentación y aprobación de estrategias se logre que los niños regresen a jugar a las calles, que armen sus propios carritos, que desplieguen papalotes en la playa, que no se desliguen de todos los beneficios de la tecnología pero que sepan distinguir entre aquello que les aporta conocimiento, que entretiene y lo que destruye, causa daño, mata? Me parece que la revisión de todo lo que en violencia está al alcance de sus manos y de sus mentes es la base. Se habla de que no deben existir prohibiciones, pero para quienes apenas están formando su carácter, al parecer sí. En estas deformaciones, los padres jóvenes ya no inculcan el respeto por el maestro, por el sacerdote, por el pastor, por el policía y, también hay razón. Los mentores encabezan marchas y huelgas y no dejan el sabor de la lucha por los derechos, sino de defensa de la ignorancia y el ausentismo laboral; los de la sotana resultaron pedófilos; los pastores ganan como secretarios de estado y los policías están en las nóminas de los malos. Así que lo que queda está en casa.

Lo reprochable en este caso es que a estas alturas los legisladores no aprendan a que no es castigando, penalizando a diestra y siniestra como se avanza, y estamos viendo los resultados ya que con un mundo de leyes y reformas estamos cada vez más inseguros y saqueados. Se presenta una oportunidad única para rescatar a nuestros menores si en cada uno de sus Distritos estos 500 buenosparanada hacen un llamado a la población para que en la plaza pública más cercana se forme una pira con todos los juegos violentos, para sacar de los hogares esa ponzoña. A los menores pueden tenerlos, hasta que el gobierno nos devuelva las calles y la seguridad, con los mismos aparatos pero bailando, jugando boliche, tenis, beisbol, futbol, tocando diversos instrumentos con la base de interpretación de músicos reconocidos y de todos los tiempos. Todavía algo podemos hacer y no solo repartir culpas, porque algunas son solo nuestras. Usted sabrá.

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